Me prestó un libro de José Saramago que yo llevaba a todos lados, como si eso me protegiera de algo. Mil veces pensé en devolverselo y escribirle algo con lápiz, por si quería borrarlo. Tantas veces imagine que pasaría si lo nuestro fuera tan fácil de borrar como borrar algo escrito con lápiz. ¿Lo haría? Creo que hasta para eso me faltaban ovarios. No podía ni quería borrarlo de mi alma así de fácil. No quería que fuera un recuerdo, lo quería real e imperfecto. Con todas sus historias, con todas sus canas. Tal vez tenía que aceptar el hecho de que no estábamos destinados a ser lo que la sociedad espera: esas parejas que forman una familia, que tienen hijos, perros y una linda casa. No. Nosotros éramos eso: el departamento, las escaleras, besarnos hasta quitarnos el aliento, abrazarnos y no saber dónde empieza uno y dónde termina el otro. Que se vaya, sentirse completo y vacío al mismo tiempo. Esperar hasta la próxima vez. Conteniendo el grito ahogado de mi alma, la necesidad de ...